Одна варежка
Por RusoFásil (relato original)
Un niño pierde una manopla en la calle una tarde de invierno, y una cadena de desconocidos, cada uno a su manera, intenta devolvérsela antes de que llegue a casa.
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Una fría tarde de invierno, el pequeño Vania volvía a casa de la escuela y, sin darse cuenta, dejó caer una manopla en la acera.
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Una mujer mayor caminaba detrás de él, recogió la manopla e intentó alcanzar al niño, pero lo perdió de vista entre la gente.
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Colgó la manopla en la verja del patio más cercano, para que pudiera verla quien volviera a pasar por ese mismo camino.
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Por allí pasó la estudiante Liza, notó la manopla en la verja y pensó que alguien la había perdido.
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Liza tomó la manopla consigo, porque tenía la esperanza de encontrar a su dueño por el camino.
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Preguntó a los vecinos de las casas cercanas si algún niño había perdido una manopla, pero nadie reconoció la prenda.
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Liza se cansó de buscar y dejó la manopla en el alféizar de una juguetería, junto a la ventana, donde seguro alguien la notaría.
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La vendedora de la tienda vio la manopla infantil solitaria y le preguntó a cada niño que entró ese día si era suya.
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Por la tarde entró en la tienda la mamá de Vania — precisamente buscaba la manopla de su hijo, porque él había vuelto a casa sin una—, y reconoció al instante el dibujo de la tela.
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La vendedora le contó con alegría que varias personas ya habían llevado la manopla, cada una de ellas queriendo simplemente ayudar a un niño desconocido.
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Esta historia muestra que la bondad a menudo pasa de una persona a otra, incluso cuando nunca llegan a conocerse en persona.