Право на молчание
Por RusoFásil (relato original)
Una trabajadora social debe comunicarle a un adulto adoptado que su madre biológica, localizada tras años de búsqueda, se niega a cualquier contacto.
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La trabajadora social Inga Soloviova ayudaba a personas adultas adoptadas a buscar a sus padres biológicos.
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Acudió a ella un hombre de treinta años llamado Artiom, que había crecido en una familia adoptiva desde muy pequeño.
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Artiom solo quería saber el nombre de su madre biológica y, quizás, ver una foto suya.
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A través de los archivos, Inga encontró a una mujer que, muchos años atrás, había renunciado al niño al nacer.
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Según la ley, primero debía contactar con la madre y preguntarle si daba su consentimiento para el contacto.
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La mujer respondió de forma breve: no quería ningún tipo de contacto y pedía que se respetara su decisión.
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Explicó que había construido una nueva vida y nunca les había hablado de aquel hijo a su familia actual.
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Inga entendía que, en este caso, la ley protegía precisamente el derecho de la mujer a guardar silencio.
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A Artiom hubo que comunicarle no el nombre de su madre, sino solo el hecho de su negativa rotunda.
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Artiom encajó la noticia con mucho dolor y preguntó si había alguna manera de convencer a la mujer de cambiar de opinión.
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Inga le respondió que su trabajo era respetar la decisión de ambas partes, sin presionar a ninguna de las dos.
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Le propuso a Artiom dejar una carta con ella, por si algún día la madre quería leerla por su propia voluntad.
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Artiom aceptó, comprendiendo que a veces el único paso correcto es esperar la decisión de otra persona.